Wednesday, May 21, 2014

A polvo vamos


Antes de abrir aquella puerta, intentó mirar a través de los vidrios, pero estaban cubiertos por una gruesa capa de polvo, el mismo polvo que no permitía adivinar el color de la madera y que se depositó sobre el dorso de su mano cuando tomó el picaporte y lo hizo girar lentamente. Abrió la puerta y miró hacia abajo, pero lo único que logró ver fue una nube de polvo que reverberaba, iluminada por los últimos rayos del sol de la tarde colándose por los escasos agujeros que ese mismo polvo había dejado en los vidrios de una pequeña banderola.
Se armó de valor, comenzó a bajar la escalera y con cada paso el polvo se iba levantando inexorable, rodeando sus piernas como olas que bailaban un errático juego de claroscuros con los rayos del sol y el sonido de sus pasos. El cuarto escalón crujió bajo su pie e instintivamente su mano se aferró a la baranda, desatando nuevas nubes de polvo que desplegaron frente a su rostro una galería de imágenes ominosas e inquietantes, entre las cuales creyó reconocer alguna de sus pesadillas recurrentes.
Retroceder no era una opción, por lo que entrecerrando los ojos, en parte tratando de escudriñar en la semipenumbra, pero sobre todo intentando borrar esas imágenes, siguió descendiendo. Al llegar abajo sintió que le faltaba el aire y se dio cuenta de que inconscientemente había contenido la respiración desde que comenzó el descenso; su primer impulso fue respirar profundo, pero no lo hizo, sabiendo que si aquel polvo tenaz y omnipresente se metía en su nariz haciéndolo estornudar, se transformaría en una verdadera tempestad que haría imposible seguir avanzando.
Lo primero que encontró fue aquella vieja caja de cartón en la que su madre había ido guardando los cuadernos, boletines, álbumes de fotos y carpetas de dibujos que contaban su historia escolar y aunque se sintió tentado de abrirla, sobre todo para evocar durante un momento el recuerdo de su madre, decidió seguir adelante y terminar con lo que debía hacer. Avanzó un poco más y se tropezó con un gastado cajón de herramientas que había sido de su padre y que le trajo inmediatamente a la memoria aquellas tardes de sábado metidos bajo el capó del auto familiar, reparando algunas de sus muchas nanas de coche viejo. Otra vez la tentación de visitar su pasado querido, pero una vez más su conciencia se impuso y siguió avanzando, casi a ciegas, entre el polvo intemporal.
Luego de esquivar con mayor o menor suerte una serie de objetos y muebles, todos ellos color polvo, se detuvo frente a un bulto de forma imprecisa, cubierto con una lona, cubierta esta a su vez por una gruesa capa de polvo y sus ojos brillaron con una luz de esperanza. Conteniendo el aliento levantó con cuidado la lona tratando de sacudirla lo menos posible y al terminar de quitarla sintió que había llegado al final de su travesía y por fin podría cumplir con su misión, ya que, tal cual creía recordar, allí estaba la aspiradora.
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