Lo conocí una tarde de domingo en el verano de 1991 y mientras iba camino al encuentro, pensaba que en esa mano, tenia todas las cartas en contra.
Yo era entonces el “prentendiente” de su hija y al hacer una pequeña autocrítica, saltaba a la vista que no cumplía los requisitos del candidato ideal, no solo porque era unos cuantos años mayor que ella, sino sobre todo porque mi inminente interlocutor era un reputado abogado y juez y yo estaba en medio de un matrimonio que, aunque gastado y agónico, aún existía a todos los efectos legales. En síntesis, no era lo que se dice el modelo del “yerno perfecto”.
De todos modos, no tuve muchas posibilidades de madurar mis temores porque el encuentro no fue exactamente como lo esperaba; Gervo me fue a recibir a la puerta, nos estrechamos la mano, intercambiamos los saludos de rigor e inmediatamente y sin previo aviso, me pasó al perro que llevaba bajo su brazo izquierdo diciéndome solamente, “se llama Guillermo”.
Hasta hoy le sigo agradeciendo a Guillermo – quien luego supe que era un “propter terrier” y además, el único en su especie, ya que el nombre de la raza era una anécdota de cuño de quien terminaría siendo mi suegro, para bajarle los humos a una vecina pretenciosa – por haber tenido la deferencia de demostrar sentirse a gusto en mis brazos, ya que, en una mano difícil, fue mi primera carta a favor.
Luego de esto, la reunión siguió un poco más relajada, especialmente cuando pasamos al comedor diario, donde había una botella de whisky a media asta y poniéndome un vaso delante, me invitó participar en su exterminio, comenzando así la primera de las incontables y placenteras tenidas que compartimos.
No sé si fue exactamente en ese momento, o muy poco tiempo después, pero recuerdo claramente que lamenté profundamente que no se hubieran podido conocer con mi padre porque, aunque a primera vista no parecía lo más lógico, ya que Gervo era un universitario con una enorme formación intelectual y una brillante carrera profesional y mi padre había sido un trabajador con una escasa educación formal, hubiera sido inevitable que se convirtieran en grandes camaradas ya que por sobre esas diferencias, compartían, además de su devoción por Nacional, la profunda cultura del mostrador y de la vida que forja los vínculos que realmente importan.
Seguramente es imposible que ocurra esta situación, ya que ambos profesaron durante toda su vida un férreo agnosticismo, pero si por un momento nos tomamos la libertad de creer que, a pesar de ellos, existe el “más allá” y la luz al final de túnel, seguramente ayer cuando Gervo estaba aún un poco desorientado y sin entender muy bien que estaba pasando, se le habrá acercado un señor calvo, muy parecido a su yerno, quien luego de presentarse y aún tratándolo de usted, le habrá dicho, “venga por acá”...
Estoy completamente seguro de que si, por algún error administrativo, les hubieran ofrecido ir al paraíso, ambos habrían sentido un gran orgullo en no aceptar, así que en este momento estarán juntos tomándose una (la primera de muchas) en algún bar del Infierno. Y por supuesto, Guillermo está echado bajo la mesa a los pies de Gervo, rescatando alguna miga perdida de la picada...